Lo desconocido.

Pasillos fríos, el limbo...

Pasillos fríos, el limbo…

Los términos desconocido e inexplicable van más menos pareados. Usualmente lo que no podemos conocer con mayor razón nos resulta difícil de justificar y por ende, entender. Aunque sea con efecto retroactivo y fecha 11, no puedo obviar lo que pasó esta semana; médicamente extraño y un puzzle que me persigue.

«¿Tiene antecedentes de crisis de pánico?» me dijeron cuando ingresé al primer box de atención médica preliminar en la Posta Central. «No, ta’ loco» le dije, y aunque me costaba trabajo respirar y estaba consciente que comenzaba un karma de varias horas insistí que mi dolor era del estómago.

Markin y Rossy me habían llevado al hospital. Dentro de lo que mi cordura me permitió, había logrado ponerme un buzo, portar mis documentos y el teléfono con su cargador. De ahí muy a mi pesar, no me quedó otra que llamar una ambulancia y bajar al hall del edificio. Markin o los paramédicos, «los que lleguen primero» le murmullé al conserje que me ofreció algo de agua tibia. Dos sorbos y no me acuerdo mucho más.

Con la cabeza de lado miré el taxi de mi compa peruca y su señora, que tras cerrar el ciber me encaminaron a la Posta. ¡Qué eterno viaje!. Apenas llegamos me tumbaron con mis arrastradas chalas encima de una camilla, apestada a orines. Le entregué mis cosas a Markin y ya eran más de la una parece. Tenía cansancio, dolor, sueño.

Con tanto llamado por alto parlante sin nombrarme y ver gente caminando sin dificultad aparente a urgencias, cada cierto rato refunfuñaba mi ira para que me dieran un calmante o me tomarán la temperatura. Mark y Rossy me comenzaron a masajear las manos porque habían empezado unos calambres que no me soltarían hasta el amanecer. 

El olor fétido de la camilla parecía que se había impregnado en mi ropa y haciéndome ver como uno más de los indigentes que intentaban capear el invierno en la entrada y sala de espera. A ratos tenía calma, miraba de lejos el televisor, gente hibernando por horas aguardando por los suyos o atención  para sí mismos, carabineros deambulando, funcionarios con carros.

Laberintos ciegos, fuera y dentro.

Laberintos ciegos, fuera y dentro.

Eran más de las tres y media y el dolor me tenía agotado. Me anunciaron y creo que fui yo quien se dio cuenta antes de mis amigos que estaban a punto de dormirse entre la inercia. Marco me llevó y yo alegaba como podía porque habían pasado horas y nadie me tomaba en serio. Así me pasaron a urgencias, a la sala 18 en la misma camilla A.

Lo infame es que a esa altura no sentía mis brazos, absolutamente agarrotados como patas de pollo, como garfíos que abusaban de la flexibilidad de mis tendones y mi cara desde la nariz hacia la pera la sentía adormecida. Exigía que alguien me explicara un poco por qué diablos un dolor abdominal deriva en esa suerte de parálisis diabólica. Cuando el tercer funcionario me reiteró que me calmara que me iban a medicar y que se trataba de mis nervios, razoné algo en shock que todo estaba extraña e indefinidamente en mi mente.

Reconozco que me enojé cuando me preguntaron mi nombre por enésima vez y porque asumí que al verme joven y sin las tripas afuera me hacían esperar todo lo que se les ocurría, sin embargo el dolor del estómago era a esa altura secundario y mis muñecas me torturaban. Además, estaba exhausto por contener el dolor.

Luego de los datos personales y antecedentes médicos y de ingesta de alimentos el doc puede que le apuntara. «¿Está todo bien en el trabajo?, ¿Qué haces?». –«Soy periodista. Bien, he tenido pegas mucho más estresantes y ahora incluso puedo trabajar en casa». ¿Y la casa?, ¿La vida personal?» me preguntó. Ahí me tocó un poco supongo.

He tenido momentos claramente más dramáticos. Ahora de hecho ni siquiera me sentía estresado. Antes me han echado de casas varias veces, de pegas, de relaciones, me han literalmente estropeado la vida o también debo cargar con culpas por cagar la vida de otros. En cambio ahora nada de eso venía al caso, pero como diría posteriormente, ‘estas cosas pasan y llegan de repente cuando tienen que llegar no más’.

Aunque lo del poco tacto de mis viejos es un cuento largo, como también reflexioné después ‘por no molestar a nadie, al final terminó molestándolos igual y más encima preocupándolos’. La Mayito a la posta a buscarme después de encontrar el departamento vacio. Eran como las once creo cuando me dejaron libre, dormí una hora bajo efecto de una clorazepina creo, una bolsa y media de suero con electrolitos, potasio, sodio, algo de deshidratación y pinchazos varios para exámenes. Muñecas cansadas.

Los remedios recién los pude comprar dos días después con una molestia a la baja en la parte abdominal. De ir al consultorio para revisarme ni hablar.

Así se me pasó volando esta semana rara, que como guinda continuó con un intento de ‘treta’ para robar en los departamentos de mi edificio. Una historia que les contaré otro día. Por ahora solo le aclaro que estoy bien y tengo pega por hacer. Amigos, gracias. Mayito, i love you.

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