[COLUMNA] «El engendro».

El engendro inextirpable.

El engendro inextirpable.

Es una lástima. ¡Qué orgullosos estamos de nuestros jóvenes movilizados! ¡De nuestro despertar social! pero… ¿Qué hacemos con los encapuchados?. Parece pregunta vieja, tan añeja e inútil como la vilipendiada inmortalidad crustácea. La violencia, saqueos y daños al mobiliario público y privado así como agresiones a la prensa son un engendro que nadie asume. Ni siquiera Carabineros los enfrenta. Con suerte cazan a algunos despistados, a cara descubierta, lejos de esos desalmados con la vivacidad de un lobo que no se dejan atrapar y atacan al menor descuido.

La violencia en las marchas es el hijo no reconocido de nuestro Chile movilizado. Una pena que salir a la calle a exigir justicia social poco a poco haya generado este tumor que hoy es tan difícil de extirpar. Se esconde en nuestras entrañas, hospedado detrás de órganos tan vitales como los derechos ciudadanos, la libre expresión y pedir una sociedad más justa. Intentar erradicar ese cáncer ya no es sencillo porque ha echado raíces, se ha ramificado en la política, en los órganos defensores del derecho, en organizaciones sociales y en nuestros establecimientos educacionales. Para operar, ahora es necesaria cirugía mayor y todos le tienen pánico al quirófano, por una u otra vía, llámese Ley Hinzpeter, llámese Asamblea Constituyente.

Nuestro país y más específicamente, nuestra gente, no merece que un grupo de favorecidos muchas veces inescrupulosos, lucre con la salud, la educación y la pensión de nuestros viejos. No merece que ministros y parlamentarios legislen y normen pensando en futuros cargos de directorio en holdings y consultoras, vendiendo recursos como la electricidad, el agua o las comunicaciones. Pero tampoco, nos merecemos que un grupo de delincuentes, de los llamados ‘marginados’, anárquicos, nos destroce por dentro escudándose en nuestra pereza de realizarnos el tratamiento adecuado.

Tema de sociólogos y antropólogos, algunos de estos encapuchados ni siquiera son dignos de llamarse marginados. Gozan de buena situación y son más bien fanáticos de la anarquía. Todo lo contrario de los dirigentes estudiantiles que citan a las bases, conminan a la llamada clase política y realizan asambleas participativas. Y si bien nuestros jóvenes líderes nos enorgullecen con sus ideales, tampoco se han realizado ese saludable chequeo médico interno, que les permitiría apreciar sus debilidades.

Ya no sirve citar la simpatía del pueblo o las directrices compartidas por todos. Hoy nuestros noveles líderes deben mostrar humildad y sobretodo, autocrítica. No basta con desmarcarse de los destrozos, repudiarlos frente a las cámaras. Los dirigentes deben complementar ese discurso con actos que respalden su credibilidad y den cuenta que existe un esfuerzo por controlar los desmanes, así volverán a ganarse el corazón de todos. Pasar por el lado mientras camarógrafos son agredidos y carabineros pateados en el suelo es sencillamente cobardía para quien se jacta de su poder de convocatoria.

Humildad y coraje. Características esenciales de un líder social, sólo eso se les pide muchachos si es que efectivamente pretenden diferenciarse de esos políticos a los que han basureado por años, disparando a la bandada. No se eximan. Así como los logros los hacemos todos, también unidos es la única forma de limpiar el movimiento, revitalizarlo, y por ahora, han mostrado más valentía en el cara a cara una mujer defendiendo su barrio con un palo de hockey, una abuela en Mapocho y una quiosquera en Valparaíso. En actos concretos de rechazo al engendro, están al debe.

De las palabras a la acción.

De las palabras a la acción.

*Columna publicada en Evavisión.cl y Radio Portales.cl

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