(Paréntesis)

*(Paréntesis)*

*(Sonoridad emotiva)*


De alguna manera el viaje de muchos cambió en ese tubo de lata y fierros pintados que nos llevaba de un lado a otro de la gran ciudad. Ni siquiera me di cuenta cuando ya estaba profundamente involucrado con los sentimientos que derramaba el mágico acordeón Palatino en las manos de un joven y desgarbado intérprete.

No sé si tiene que ver con la relación e impresión poco habitual de apreciar las notas de Yann Tiersen sobre su inmortal Amelie Poulain, deambulando por entre los problemas de gente gris en un bus del Transantiago, pero mis lentes oscuros sirvieron para disimular las emociones entrañables provocadas por las melodías entonadas con singular maestría por el muchacho pese al baile constante del transporte.

El compromiso del famélico músico con su instrumento, su vuelo a ojos cerrados sorteando las curvas de una rotonda y los altibajos del camino se ganaron el respeto de los afortunados que pudimos presenciarlo. París no tiene nada que ver con Avenida Matta o Grecia, pero aún así apreté la mano de mi pareja y acaricié su cabeza cómplice sobre mi hombro, como si estuviéramos en otro sitio, como si nadie nos esperara en ningún lado.

No era un recorrido de gente acaudalada pero la entrega emocional de esas canciones, casi sin pedir nada a cambio era admirable. Sentir pena al bajar fue reflejo que habíamos vivido algo especial, de eso que se le regala poco a quienes solemos vivir apurados. Cosas e instantes preciosos que están por ahí, aguardando a ser descubiertos.

Si bien la sorpresa no tiene parangón, también depende de nosotros buscar…

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