[COLUMNA] «Guachacas S.A.»

Sir Dióscoro.

Sir Dióscoro.

Nuevamente los canales de televisión y el inagotable festival de la farándula nacional hicieron de las suyas con el que se ha convertido en el último chiche de su arsenal para continuar denostando lo que queda de nuestra vilipendiada identidad: la elección de los monarcas guachacas.

Hablar de los guachacas hoy sin duda dista mucho de lo que planteó este singular movimiento en sus inicios. Poco a poco hemos notado como al igual que las promesas políticas de campaña o esa idea de las sociedades anónimas en el fútbol, con el tiempo los intereses económicos, afanes de figuración e imponerse en algo, da lo mismo qué o por qué, han tomado por la fuerza este certamen y lo han hundido en una decadencia donde se encuentra sumergido hasta las masas.

Ser guachaca evoca lo popular, lo republicano aquello que nos enternece y a ratos avergüenza pero que también nos identifica con nuestras raíces. Lo innegable de ser chilenos. Por eso la perplejidad y el shock de ver de pronto un abanico de figuras compitiendo por ser abanderados del estandarte popular, pero que en su mayoría en realidad están representando empresas que cuentan con su éxito para asegurar el auspicio de sus intereses. Es el ocaso de una breve primavera.

Guachaca no significa ser pobre y siquiera ha de tener una acepción sobre lineamientos de conducta, pero hoy el guachaca que nos pintan ve farándula, tiene Internet e incluso poder adquisitivo para pagar su entrada en una Cumbre en la Estación Mapocho con precios que distan mucho de ser populares. ¡Sí hasta tienen un portal web!, donde lo primero que aparece es una publicidad a toda pantalla de una empresa española de comunicaciones promocionando sus planes. Pero de rescatar el patrimonio y el legado de personajes y barrios típicos nada.

«El Roto Chileno» posiblemente no es asiduo de «La Piojera», ese local ahora convertido en casa club de quienes tienen la marca ‘guachacas’ bajo el brazo, para sacarla de vez en cuando luciendo su estilo. Las picadas de barrio, esas de manteles gastados, individuales con marcas y platos trizados, de cañas a la mesa y comensales hediondos, esas son las que mantienen vivo el verdadero gen del pueblo y de vez en cuando incluso son testigos de una pelea por el equipo de sus amores.

Los cuicos aprendieron a disfrazarse y claro, cómo se iban a privar de los placeres del roto, que con poco hacía tanto y parecía disfrutarlo y restregárselo en la cara de su estatus lleno de cuentas y responsabilidades. Hicieron gourmet ese menú de pizarra, tomaron las sopaipillas y las pusieron en una panera como entremés, le sacaron el sazón al pebre y achicaron la empanada caldua  sin el jugo por supuesto para no manchar su ropa de marca. Y mientras toman el terremoto en vaso de caña el verdadero guachaca está afuera, cuidándoles el auto.

Lo más curioso es que al roto chileno, al guachaca original le da lo mismo todo. Ni siquiera se complica por estos gallos que se arrogaron el título de guaripolas y se creen su cuento de representatividad republicana. El vox populi de la conciencia de miles es que  ser guachaca fue privatizado y concesionado al mejor postor. Los nombres de turno y sus merecimientos para acceder a la monarquía dan lo mismo porque ninguno en realidad trabaja por el mínimo o tiene apenas tiempo de ir a la plaza del barrio a ver como los cabros chicos juegan y los viejos copuchentean al lado de las palomas. El Chile de hoy perdió el sentido de lo popular en los medios de comunicación y cómo dijo en los ochentas Pablo Huneeus, la televisión efectivamente se convirtió en un brazo propagandístico pero esta vez, para ver quién da más en la licitación por los afectos del roterío.

(Artículo a publicar en Revista Evavision.cl de mayo y para otros sitios web)

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