[CRÓNICA] A tres años del 27/F (I)

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Sombras en una noche para no olvidar

Posiblemente ya lo he contado antes, pero la madrugada de aquel 27 de febrero de 2010 es algo que no se olvida fácilmente. Un terremoto de más de 8 grados con el que te cuesta mantenerte en pies es una de esas cosas que recuerdas y pueden emocionarte para siempre. En varias circunstancias se parece a este 2013; luna llena y familiares de visita.

Arrendaba una pieza desde 2005 en el Barrio Yungay. Casa antigua, un castillo. Segundo piso y un solo espacio, baño común pero con comodidades que se van haciendo queribles con los años. Aún así pese a tener dos empleos modestos -en Radio Portales y un cibercafé en República- que complementaba con mi tesis universitaria, me daba mis lujos; llevaba una semana de regreso después de haber estado en Brasil -cortesía de mi hermana- y por esos días esperaba que mi otro medio hermano volara a Chile junto a un amigo para ir a pescar a la Patagonia. Otra invitación bienvenida.

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El 27 de febrero era noche de viernes para sábado y me había dormido hace poco terminando de ver una película. Sólo desperté cuando la cama de mi improvisado loft se movía como una hamaca y de fondo relámpagos y flashes de los transformadores explotando se fundían con los gritos aterrados de la diversidad de mujeres inmigrantes y niños poco acostumbrados a esos remezones.

Eran las 3:34 AM. Cuando puse el primer pie en el suelo de madera de mi pieza y en la oscuridad más absoluta sentía que pisaba gelatina mientras el cuarto seguía moviéndose. Era un shampoo que me había comprado, gigante, barato y que tuve la mala idea de poner sobre un closet que tenía hace poco. Vidrios, mucho descontrol e incertidumbre desde afuera que contrastaban con la quietud de la noche, más oscura que nunca, curiosamente pese a la luna llena. El terremoto era eterno.

Reconozco que aunque no me considero miedoso me nublé. El shock de lo que estaba pasando me dejó un poco perplejo. Sólo reaccioné al abrir la puerta y ver a una vecina  del mismo segundo piso iluminando inteligentemente con la luz del celular para poder ver algo. Curiosamente tenía varias cosas de camping con linterna y todo, pero no había atinado inicialmente a nada. Creo que también estaba sorprendido por lo bien que respondió la construcción pese a su antigüedad.

Ante la inutilidad de los celulares para llamar, otro de los inquilinos sin vernos a la cara me pidió la bicicleta para ir «a Cerro Navia a ver cómo estaban sus familiares (…)». Dije que no y opté por utilizarla yo mismo. Pensaba cómo habían pasado el terremoto mi polola, su familia y más aún, mi padre que venía en bus durante la noche a Santiago para recibir a mi hermano que a su vez llegaba al aeropuerto esa mañana de sábado. Todo en ascuas.

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Salir de la pieza en esas circunstancias fue un ejercicio de fe. En medio del desconcierto general, tomé un par de cosas: como estaba en shorts eché rápido unos pantalones largos a mi mochila, me puse una polera, reviví el personal stereo y cargué la grabadora de mil batallas con un cassette por si acaso y con la adrenalina a tope no lo pensé demasiado y agarré mi maltrecha bicicleta.

La primera impresión en la calle fue de inquietud por las voces de la gente en medio de la oscuridad con uno que otro farol de un auto aún circulando. En calle Huérfanos, a una cuadra de mi rincón ahí entre Libertad y Esperanza (vaya paradoja) el panorama -dentro de lo perceptible- era peculiar por decirlo menos; como en un cataclismo siluetas de personas deambulaban, consternadas, y en la oscuridad solo se divisaban sombras de sus cuerpos en medio de nubes de polvo, y es que cada cuadra del barrio sufrió al menos un derrumbe o un daño irreparable.

Apagón 1

La madrugada más oscura

Aún así e inconscientemente gastando la poca batería que me restaba del teléfono móvil llamando a mis seres queridos, me fui pedaleando despacio con una lampara de campamento en la mano derecha y el manubrio de la bici en la izquierda. No sé por qué tengo mejor equilibrio con la zurda. Ese recorrido que hacía todos los días por las mañanas y noches, esa madrugada de sábado se hizo más extenso e interminable que nunca. Sabía donde estaban los baches de las calles pero no podía ni quería confiarme dado el contexto. Aún con la vista pegada al suelo para evitar sorpresas  y caídas el ambiente a mi alrededor era como de algún videojuego apocalíptico, tipo ‘Resident Evil’ o para los más nuevos tipo serie ‘Walking Dead’. De reojo sólo veía piernas que como zombies parecían acercarse a la única luz que se desplazaba en medio de tanta oscuridad en pleno centro de Santiago. 

Así y todo llegué a Fanor Velasco 11 a estudios de Radio Portales de Santiago cerca de Los Héroes y a pasos de la Alameda. No recuerdo la manera ya que luego de pasar avenida Ricardo Cumming literalmente no tengo memoria de esos momentos. En la radio tras golpear mucho tiempo la vieja puerta principal nadie atendió. Enfilé entonces rumbo al Palacio de La Moneda que no quedaba tan lejos.

Aún en la oscuridad logré llegar y con cuidado, di la vuelta y me ubiqué en la Plaza de la Constitución, en la esquina de Morandé y Moneda frente a la Intendencia, debieron ser las 04:30 horas aproximadamente, quizás algo más. En medio de la plaza estaban varios turistas con sus laptops y por Teatinos ya había un móvil de radio transmitiendo, Cooperativa creo. Mientras enfrente, por el sexto o séptimo piso del Ministerio de Justicia se dejaba caer por Moneda una fuga considerable de agua, como una cascada mientras cada carabinero de guardia en el perímetro intentaba marcar a casa para saber de los suyos, sin resultados. Lo supe por breves intercambios de palabras, entendibles dado lo sucedido.

Con la oscuridad como cómplice me puse pantalones largos a los pies del monumento a Allende y dejé la bicicleta apoyada en las vallas papales. Esa noche también volví a fumar después de años: había echado a la mochila un cigarro trasnochado pensando precisamente en ‘emergencias’.

El servicio eléctrico intentaba regresar pero no duraba mucho y en La Moneda algunas luces de emergencia eran visibles desde fuera. Autos estacionados enfrente daban cuenta de diferentes funcionarios llegando. Uno de ellos y que se paseó varias veces entre la Intendencia y la sede de gobierno fue Sergio Bitar, entonces Ministro de Obras Públicas. En una de esas caminatas me acerqué con mi grabadora y me dio algunas impresiones. Le consulté sobre alguna estimación, preliminar por cierto, sobre las informaciones que se manejaban y puedo decir que fue muy cortés dadas las circunstancias. De hecho me había asomado a Alameda con Morandé y en el camino vi que la fachada de su repartición sufrió varios daños. Ahí donde está Banco Estado miré hacia el oriente pero fue imposible divisar algo. Ni siquiera la Iglesia de San Francisco.

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Palacio a oscuras.

A Garafulic (Intendente) lo vi poco, Francisco Vidal (ministro) me alejó al llegar a Palacio quizás por mi impertinencia, lo mismo la máxima autoridad de Carabineros. Si bien no recuerdo a otro periodista en el momento, si vi a una chica que tenía el perfil pero no la vi haciendo preguntas, solo estaba sentada en las escalinatas de acceso a la Intendencia, nerviosa. De lejos, el móvil de la radio daba algo de audio. A esas alturas se sabía lo vasto que había sido el terremoto y todos competían por dar una estimación de la intensidad adecuada. Por primera vez escuché hablar de Cobquecura y Dichato, señalados como origen del movimiento. Mi teléfono seguía inútil, con escasa batería, no sabía nada de mis familiares en viaje, de una tía que estaba sola de visita en Viña y de mi polola tampoco y de la radio nada. ¿Qué hacer entonces?

(continuará…)

2 comentarios el “[CRÓNICA] A tres años del 27/F (I)

  1. Master, ¿me permitiría linkear esta y las otras crónicas o tomar ciertos párrafos asociados a la Portales para el foro de Radiomaniacos?…

    Hice una crítica ala radio de la P por estar con los hermanos de la fé el lunes en la noche en vez de informar los detalles del terremoto 8.3 del 1A.

    • Por supuesto, es una modesta reseña en un blog personal pero si te es útil aplique no más.

      Un abrazo y comparto la pena de ver como una emisora emblemática muere por mala gestión.

      b.

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