[CRÓNICA] A tres años del 27/F (II)

(Continuación…)

Sin comunicaciones, la madrugada avanzaba rápido y seguramente al igual que yo miles perdían la energía de su celular que no daba ninguna pista sobre el bienestar de los suyos.

Rápidamente comenzó a circular la versión entre murmullos que la Presidenta Michelle Bachelet se había desplazado hasta las oficinas de la Onemi. Con esa premisa luego del pucho reincidente tuve que decidir qué hacer mientras las camionetas de Gobierno ya se iban a calle Beaucheff. Optar si pedaleaba hacia el costado del Parque O’Higgins donde estaban llegando todas las autoridades o velaba por mis propios intereses.

Ya era tipo 5 AM, con luces repuestas en la Plaza de la Constitución y opté por insistir yendo a Fanor Velasco. De nuevo nadie, filo. Ya aclarando y sin teléfono, algo me dijo que si los aparatos móviles no daban «pie con bola», debía tratar con los fijos. Con las llaves del cibercafé de Echaurren en el Barrio República, decidí ir allá para probar suerte.

ciberYa de cielo celeste doblando por Echaurren, apenas a pasos de Alameda entre las dos salidas sur del metro República, cada cierto trecho habían personas afuera de las casas con sillas, frazadas y una radio. Tuve que mover los escombros para poder abrir los candados, con algo de temor al ver una construcción vieja, agrietada y con restos de fachada esparcidos hasta mitad de calle. Nada de movimientos bruscos pero con relativa rapidez para ingresar.

Dentro me alegró ver que todo estaba en relativo orden; una tele en lo alto de un mueble como si nada y al revés, sillas caídas, y exhibidores con artículos de librería en el suelo. Las antiguas paredes de adobe y sus techos altos agrietados, pero mi objetivo principal, el teléfono fijo funcionaba sin problemas. Cogí $200 y marqué a mi papá. Me dijo que en el bus a Santiago no lo habían sentido mucho, que estaba bien y sólo se dieron cuenta cuando empezaron a sonar los celulares informando de lo sucedido. Curiosamente muchos en ese bus iban desde Coquimbo hasta la zona cero en el Biobío.ciber 2

Los siguientes llamados fueron a mi polola y su familia, todos bien y también mi tía aún nerviosa en un departamento en un décimo piso en Viña del Mar. Me decía que estaba bien y en eso… otra réplica, fuerte. La sentí primero porque estaba apoyado en la pared y salí corriendo por mi vida al medio de la calle. Los que estaban más allá con frazadas me miraron extrañados hasta que también sintieron este nuevo temblor y se alejaron -era que no- desconfiados de las ya desprovistas fachadas.

gral bulnesTerminé luego de hacer las llamadas con incertidumbre sobre qué hacer; ir a la Onemi, volver por tercera vez a la radio (ya eran como las 6.30 o 7am) o irme a descansar ya que no había dormido y aún era temprano como para ir al terminal de buses a buscar a mi papá.

Apenas alcancé a dormir unas pocas horas cuando antes de las 10 de la mañana del 27/F mi papá consiguió llamarme y me dijo que estaba llegando a Santiago y me acercara al terminal de buses San Borja en Estación Central.

El camino dejaba en evidencia la gravedad de lo que habíamos pasado esa noche. Ese sector del casco antiguo de la capital había sido particularmente afectado y las calles eran la prueba que se venía una larga reconstrucción.agustinas

Cuando llegué al Barrio Estación todo era un caos en torno al terminal rodoviario por un incendio: vehículos de emergencia, el lugar cerrado y los buses paraban en calles aledañas, al azar, gente bajándose donde podía entremedio de los carros y las mangueras. Las llamas del siniestro no daban tregua y obligaban a mantener cortadas las calles de Estación Central.

calleYa con un sol abrasador, la gente circulaba desorientada sin saber donde estaba y otros tantos intentando saber por los servicios de bus que se habían cancelado. De entremedio salió mi papá y tras saludarnos nos devolvimos juntos a mi rincón del Barrio Yungay, viendo los daños en el entorno del Santiago antiguo. Devastador. Cruel también pensar en daños estructurales mientras en otra parte del país a esa hora, ante la incapacidad y desorganización de las descoordinadas autoridades, un tsunami arrasaba con todo a su paso.

Caos.

Caminando a casa con mi viejo me llaman de la radio. «¡Por fin!» dije. Salgo al aire, improviso lo que he visto y sentido, mi reporteo en La Moneda -posiblemente el primero de un periodista con un ministro de Estado acerca del terremoto- y me comprometo a ir luego a entregar algo de material a esa mesa de trabajo radial que se había armado.

En un chascarro nada de nuevo. El lunes siguiente nos enteraríamos que nada salió al aire por señal tradicional ya que la antena estaba en el suelo e increíblemente nadie lo había notado. Además, esa valiosa transmisión especial como tantas otras en la Portales de Santiago, nadie la grabó y se perdió, así como el esfuerzo de quienes la hicieron posible.

Las historias dan para mucho más; los escombros, las cifras de daños y los números estimados de fallecidos así como la vergüenza de admitir errores en los procedimientos oficiales. En lo personal, la incertidumbre que mi hermano no tuviera donde aterrizar lo obligó a llegar una semana después a Chile, debiendo abordar por tierra desde Buenos Aires. Entonces lo acompañé al sur donde vi en terreno los daños del cataclismo que, curiosamente se expandió con violencia hacia el norte del Biobío, pero fue más benevolente hacia la zona austral.

Error Velasco, error.

Vivencias que no se olvidarán jamás pero donde ojalá quienes tuvieron que tomar las decisiones no esperen a ser ancianos y comenzar a sufrir demencia senil para hacer el merecido mea culpa.

Una guinda para terminar esta suerte de ‘especial’. Pantallazo del entonces ministro Andrés Velasco informando sobre «708 muertos por la tragedia». Sabemos que fueron poco más de 500 los fallecidos y otra veintena los desaparecidos. Una prueba más de evaluaciones erradas y lo peor, hoy, las lecciones parecieran no haberse aprendido.

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