Dag 35

*Caña brava

Buena despertada, calurosa, con mucha luz en la cara y mosquitos jodiendo. Aunque el cuerpo siempre reclama la cama de costumbre. Buen desayuno y aunque los peces nos hicieron el quite, el río más tarde nos daría un gran alivio.

Llegamos tras cinco horas de tirar las cañas y entre ratos de calor intenso y lluvia de temporal, volvimos a la cabaña para comer merecidamente.

En la sobremesa y como broma antes de ir a probar suerte con mi caña en vez de moscas, Richard me preguntó que dónde la había dejado. Me dio por buscarla y cómo adivinarán y lo digo como especialista en mandarme numeritos no estaba. «Cuento corto» como dice mi amigo Jaime, mi hermano agarró el auto -conmigo- y sin siquiera cerrar la cabaña volvimos rio arriba, 10 minutos, soplados en medio de un temporal de aquellos con acelerador a fondo. Al llegar nada, sólo resignación, incredulidad y sentimientos de culpa. Horrible. Era mi tercera cagada desde que habíamos llegado (del día en rigor), sumando que rompí la perilla de la radio/dínamo (yo pensé que se sacaba) y el hecho que despegué unos zapatos (los dos) que me prestaron los papás de Thomas y que los tenían desde antes de Cristo acompañándolos en todas sus paradas, no más.

En el silencio incómodo de la cabaña y las palabras de cortesía de mi hermano, revisé la última toma de la cámara grabadora antes de subir al auto. Justo en un segundo me enfoco caminando y nos queda ese cachito de duda si realmente la andaba trayendo al subirme al móvil. Oh, la esperanza…

Recordamos que sí, además iba adosada a un gancho metálico. Decidimos ir al tiro a buscarla, 20.30 horas, vuelta a ponerme los prensas mojadas y los zapatos despegados con cara de pato parlante. Era necesario desengañarse de una vez.

Nos bajamos de nuevo tras algo más de 10 kilómetros de la cabaña, descartando el aparcamiento del vehículo como punto de atención y retomando el camino de retorno posible lugar de hallazgo. Barroso todo, irregular y lleno de pastizales, musgos, ciénagas que se hundían, recordé un tropezón donde Richard rió de buena gana. Cuando llegamos al lugar mi hermano me miró feliz porque recuperó una de sus cañas más queridas y que ya no puede conseguir en el mercado y por mi parte por fin pude estar en paz. Gracias San Expedito.

Fue mejor que una trucha (de hecho en la tarde tuve una y zafó). Hallar la caña de propiedad de mi bro fue una tarea brava, de pocas posibilidades pero de la cual -al igual que la trucha- zafé por esta vez, con suerte inexplicable. I believe in miracles.

Gracias por favor concedido.

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